La reelección del cardenal Rouco Varela

Resulta especialmente cansado escuchar comentarios de toda índole efectuados desde el más profundo de los desconocimientos. Digo esto a raíz de la elección del cardenal Antonio María Rouco Varela como presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y no como 'jefe de los obispos' como señalan interesadamente algunos medios y comentarios. De hecho, los prelados gozan de autonomía en sus decisiones y en sus diócesis y sólo deben rendir cuentas ante el Papa.
Señalan, por otro lado, que es un retorno a posiciones conservadoras de enfrentamiento con el Gobierno de Rodríguez Zapatero, dándole una importancia a la trascendencia del político que no tiene en absoluto. La Iglesia se ocupa de los asuntos del espíritu y, lógicamente, de los criterios morales que considera que deben seguir los católicos. En este sentido es lógico que se produzcan críticas a decisiones que van contra los principios que defienden. Y eso no es posicionarse del lado de ningún partido, es un sano ejercicio de reflexión que aportan a los creyentes, que luego adoptarán la decisión que estimen oportuna en conciencia.
Desafortunadamente, nos hemos tornado excesivamente materialistas y no nos gustan aquellas cosas que requieren contención, esfuerzo, dedicación si no van acompañadas de un premio tangible. Y eso se aleja mucho de la tradición cristiana. Nos movemos por otros impulsos. Y los políticos, muy a nuestro pesar, creen que hasta el Universo baila al son que ellos imponen. Pero no es así.
Y es cierto que se precisan algunas reformas en la Iglesia católica, pero no precisamente las que presuponen desde la llamada 'corrección política'. Hablamos de un mayor papel de la mujer en el seno de la misma, de la compatibilidad entre el sacerdocio y el matrimonio, de la acualización de las fórmulas de extender el mensaje evangélico. Pero todos estos asuntos deben resolverse con tiempo, con serenidad, con reflexión, sin rupturas y, por supuesto, dentro del cumplimiento de la más estricta observancia de aquello que es bueno para Dios y, por ende, para el hombre.
Antoni Martín

