El diluvio que se veía venir

Está demostrado que el juego de las mentiras en España no tiene coste político alguno. Los ciudadanos nos hemos tragado sapos sin chistar durante años y años. Y debe ser que nos queda algo de la dictadura: el miedo al poder. Porque en cuanto a uno lo convierten en presidente del Gobierno es como si lo hubieran elevado a los altares y se hubiera convertido en un intocable. Persona de cuya boca solo sale verdad y de la que jamás podemos esperar otra cosa que las mejores actuaciones para su pueblo. Y otro tanto debiéramos decir de los ministros que lo acompañan.
Lo único que acontece es que la premisa es falsa de inicio. Nos mienten, nos han mentido y nos mentirán y les seguiremos aupando a la poltrona por mal que lo hagan. Todo por un temor ancestral a que lo que viene puede ser peor. Y no digo yo que no pudiera ser así, pero con la mansalva de ineptitudes cometidas de un año a esta parte, deberíamos replantearnos qué hacemos con ellos.
Y es que deberíamos recordar, señores Pedro Solbes y José Luis Rodríguez Zapatero, que hace unos meses, justo antes de que renovaran sus mullidos sillones, ’no había crisis’. Mentar la bicha era de ’antipatriotas’. Debo reconocer que en ese sentido único lo fuí y mucho.
Lo de las bolsas de hoy, ese desplome histórico, no crean ustedes que es de capitalistas y que a los currantitos de a pie no nos va en ello nada. Es la premonición de la soberana tormenta que se avecina. Un desastre que ha avisado con todo el despliegue de que ha sido capaz. Aquí y a destiempo, aún vemos a una vicepresidenta, Maria Teresa Fernández de la Vega, disfrutando y exhibiendo sonrisa mientras le zurra la badana a la oposición del PP. Es el chivo expiatorio de un Gobierno que frente al diluvio universal no nos ha lanzado ni un miserable salvavidas, aunque fuera el del patito de toda la vida.
Antoni Martín

