La memoria histórica de Garzón
Setenta años atrás, el país entero se desangraba en un cruento conflcto entre hermanos, llevados al odio extremo por culpa del radicalismo, las envidias, la pobreza, la miseria. Una España en crisis se rompía. Estallaba una guerra fratricida y los psicópatas asesinos hicieron su agosto, masacrando, asesinando, exterminando. Sucedió hasta cuando se depusieron las armas tras la vitoria de los llamados nacionales. Pero aquella sangría en el bando nacional y en el republicano iba a marcar a varias generaciones.
Los hijos de la Transición fuimos los afortunados que pudimos ver, en aquella juventud nuestra, como desde la generosidad de uno y otro lado se miraba al futuro y se ponía énfasis en lo que estaba por venir y no en los trágicos recuerdos de una contienda o de los desmanes cometidos por quienes asesinaron, torturaron, masacraron en una zona y en la otra.
Justo es reconocer a los familiares de todos los fallecidos por la represión oportunista de aquellos años el derecho que tienen a encontrar sus restos y darles sepultura donde crean conveniente. Justo es reconocer que hubo tragedias, que hubo exterminios, que hubo mucho de lo que avergonzarse. Reconozacamos a las víctimas de la represión franquista, pero también a religiosos o civiles que murieron en el otro lado por culpa de las envidias o de la obcecación de asesinos disfrazados de presuntos demócratas.
Pero dicho todo esto, convengamos en que lo del juez Baltasar Garzón, al que la Audiencia Nacional puede poner en su sitio, no pasa de ser un ejercicio de egolatría. Se atribuye competencias jurisdiccionales quer no tiene y se aboca a un juicio al franquismo que ya ha hecho la misma Historia. Eso, amén de la ’garzonada’ de pedir la demostración documental del fallecimiento de Francisco Franco Bahamonde. Debe ser el único que no vió las terribles fotografías de un agónico dictador al que se le prolongó la vida, en sus últimas horas, más allá de lo que hubiera sido razonable. Debe ser el único que, teniendo la edad que tiene, no siguió el dramático discurso del entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro. Debe ser el único que no se ha enterado de que las competencias en el asunto de las fosas comunes la tienen los juzgados de cada zona. Debe ser el único, en fin, que no quiere enterarse de que las heridas se reabren cuando se las toca en exceso.
Han pasado setenta años, suficientes para que los juicios de valor sobre el régimen surgido de la Guerra Civil lo leamos en los libros de texto, suficientes para que miremos hacia adelante con la idea de no caer en los errores del pasado. Si nos empeñamos en mantener la vista atrás, corremos el riesgo de tropezar de nuevo en la indeseable piedra del rencor y de los odios ya enterrados.
Antoni Martín

