El aborto y la indigencia intelectual de Aído

En otras múltiples ocasiones he escrito sobre el aborto, ahora llamado para intentar atenuar el efecto negativo de la palabra y en virtud de lo que se considera políticamente correcto, interrupción voluntaria del embarazo. Pero lo último de la ministra de Igualdad, una cartera tan vacía de contenido como inútil, me hace retomar el asunto, no ya desde el punto de vista ético o religioso, lo que no sería en absoluto incoherente por parte de alguien que se considera profundamente católico, sino desde el de la mera argumentación racional, lógica o, si se quiere, filosófica.
Bibiana Aído, a la que igual no cabe discutir su capacidad para promocionar el flamenco, papel que le correspondió en la Junta de Andalucía del virrey Manuel Chaves, no parece tener la suficiente enjundia intelectual para argumentar en favor del invento de una ley de plazos que nadie, ni siquiera el último congreso del PSOE, había apuntado. Y sólo se le ocurre afirmar que si una menor de 16 años puede quedarse embarazada voluntariamente sin el permiso de sus padres, también puede abortar sin la autorización paterna. Lejos de tratarse de un lapsus de esta 'miembra', palabra inventada por ella, este argumento forma parte de las últimas tendencias de los mal llamados progresistas españoles. En su peculiar y espeluznante agenda se pretende redireccionar un sistema de valores legislando incluso en aquellos asuntos que debieran ser prerrogativa exclusiva de la libertad individual.
Está claro que con el debate sobre el aborto se quiere volver a criminalizar a los que no piensan como el Gobierno de Rodríguez Zapatero, gastado y cansado e incapaz de aportar soluciones a una enorme crisis económica que nos devora y que en España va camino de convertirse en una indeseable depresión. Sirve, por tanto, para desviar la atención pública y plantear un nuevo problema que antes no teníamos, puesto que existe ya una regulación del asunto que ha funcionado mal que bien. Y es que lo que ha fallado son los mecanismos de control que debieron haber garantizado la protección del más débil, del no nacido, porque uno de los supuestos que permite la ley se ha convertido en un auténtico coladero. Y dejemos de hablar del derecho de la mujer a decidir como razonamiento para justificar la eliminación de una vida, puesto que bajo éste se esconden poderosos intereses económicos de clínicas abortistas. Eso amén de que, desde la progresía, se venda el aborto como si se tratara de un método anticonceptivo más. Todo porque se confunden términos, conceptos y valores. Es como si la sexualidad en si misma, la simple práctica del sexo, fuera un objetivo deseable y último, cuando se trata realmente de la consecuencia de algo más profundo y trascendente, del amor entre dos personas, algo que está muy por encima de la satisfacción inmediata y que plantea finalidades a más largo plazo.
Pero la indigencia intelectual de Aído es tal que pasó de gastarse los cuartos en un teléfono para que los maltratadores planteasen sus dudas a querer reinventar el diccionario de la lengua basándose en un presumible feminismo antediluviano poco propio de los tiempos modernos, puesto que la defensa de los intereses y los derechos de la mujer no puede ser algo tan nimio, vacío, inconsistente y escasamente dotado de medios. Realmente la igualdad se consigue eliminando las discriminaciones, no reinventando el lenguaje. Para colmo acaba vendiendo como un derecho un hecho criminal y traumático, que deja importantes secuelas psicológicas en quienes han pasado por ello. Y encima lo hace con el descaro de plantear un presumible enfrentamiento entre unas menores y sus padres, personas que son las que, sin duda, mayor apoyo, comprensión y ayuda podrían ofrecerles. Si la ministra así no lo entiende tiene un grave problema de concepción de la familia y de lo que realmente es el amor con mayúsculas.
Antoni Martín

